Cuando la gente pide un Gobierno Mundial

La idea de un mundo feliz, estable, igualitario, pacífico y próspero gobernado por hombres es simplemente utópico, es imposible, no puede ni va a suceder. El hombre está corrompido hasta lo más profundo de su ser y no duda en tomar ventaja sobre otro ser humano de ser necesario.

Sí va a tener un corto período donde esto va a perecer posible, un gobierno mundial bajo el mando de un solo hombre, aunque esto durará muy poco y sus consecuencias serán terribles (Ver más en el artículo: LAS NACIONES UNIDAS Y SU PLAN DE GOBERNANZA GLOBAL).

“Como está escrito:
No hay justo, ni aun uno;
No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Sepulcro abierto es su garganta;
Con su lengua engañan.
Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
Su boca está llena de maldición y de amargura.
Sus pies se apresuran para derramar sangre;
Quebranto y desventura hay en sus caminos;
Y no conocieron camino de paz.

No hay temor de Dios delante de sus ojos.” Romanos 3:10-18

Este artículo ha sido publicado en el año 2005 en el diario El Universo de Ecuador:

¿Hacia un gobierno mundial?

Sesenta años atrás el mundo salía de su hora más difícil. Después de cincuenta y seis o cincuenta y ocho millones de muertos, la conciencia colectiva de la humanidad se expresó en la creación de la ONU, una Asamblea de todos los pueblos del mundo para aprender a vivir en paz y en el respeto a los Derechos Humanos, conforme se lo proclamó y firmó en San Francisco en 1945.

En estas seis décadas, la vida cotidiana de los seres humanos ha cambiado de manera más amplia, rápida y profunda que en cualquier otra etapa en los siete millones de años de evolución. En palabras que suenan cada vez más alto, asistimos a un cambio de época, sino que resulta difícil verlo porque estamos metidos de lleno en el proceso, sin tener la perspectiva suficiente para apreciar las dimensiones del bosque, peor para saber cómo cuidarlo.

Los problemas se nos presentan ahora en su dimensión planetaria y apenas empezamos a entenderlo. Sobreexplotación y desperdicio de recursos naturales, pobreza y riqueza extremas, insalubridad y enfermedades curables que no son extirpadas, desigualdades sociales en aumento, constituyen el trasfondo de tendencias arraigadas que nos llevan otra vez hacia la guerra y la dominación de unos pueblos por otros. Solo es posible afrontarlos siguiendo el camino que nos lleve hacia un gobierno mundial democrático ejercido por todos los pueblos de la Tierra.

A la ONU se la critica por no haber sido capaz de evitar gravísimos conflictos sociales y bélicos, por lentitud y corrupción y por no haber podido avanzar en la consecución de las “metas del milenio”, un conjunto de compromisos asumidos por todos los países, especialmente los “desarrollados”, tendientes a solucionar los problemas antes anotados, algunos de los cuales pueden lograrse con inversiones relativamente baratas. Pero se comprenderá enseguida que el problema no está en la Organización en sí misma, sino en la estructuración actual de la sociedad mundial, una minoría que lo tiene todo en exceso contra una inmensa mayoría desprovista de lo esencial.

Lo que sí se refleja en la Organización es el desnivel extremo en la distribución de cargas y beneficios. La norma es que cada país aporte de acuerdo con sus ingresos y que todos tengan igual voto, pero eso es puramente teórico, porque el verdadero poder no está en la Asamblea General, de la cual forman parte todos los estados miembros, sino en el Consejo de Seguridad, donde hay cinco países que imponen sus voluntades por encima de los otros diez integrantes y de los demás estados, tal cual se ha demostrado dramáticamente cuando Estados Unidos invadió Iraq.

La solución no está en decir que la ONU no sirve, porque ello contribuiría a su debilitamiento o tal vez su desaparición, sumiendo al mundo en el caos. Está en la reforma profunda de la Organización para hacer posible el cumplimiento de sus propósitos esenciales, lo cual no surgirá de las potencias dominantes sino de los pueblos pobres de la Tierra, mediante un ejercicio colectivo de dignidad. Lo que viene, a lo largo del siglo XXI, es enfrentar los desafíos actuales y otros mayores: alimentar a una población que podría multiplicarse diez veces antes de que el siglo termine, detener y aun revertir en parte el deterioro del planeta, organizar la salida pacífica de la humanidad al espacio.

Otro mundo es posible. Para eso se necesita desarrollar sobre bases firmes una nueva organización política con dimensiones y alcance planetario. ¿Seremos capaces de hacerlo?

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